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martes, 4 de enero de 2011

¡Arte, arte, arte!

A fines de los 60, yo iba y venía. En mayo del 68 estaba en Nueva York. Ahí no existía el estrés. La revolución hippie fue tan extraordinaria que las cosas no te estresaban, porque uno lo pasaba a un plano espiritual y apolítico. Todo era de todos, la violencia se respondía con flores.
Eso pasaba en mayo del 68. Lo que pasaba en Francia nos llegaba por los medios de comunicación. Me impactó muchísimo, era la revolución del poder de la gente joven. En Nueva York, todos vivíamos así, desafiando lo establecido, sin dinero, ¡sin dinero! ¡Quemábamos el dinero! Escuchábamos Jimi Hendrix, Beatles. Los Rolling Stones nos parecían más violentos. Eramos todos hippies. Era una revolución en que las galerías de arte eran “uptight”, tensas, mala onda. La revolución era amor, los pelos largos, las barbas, vestirse con las cosas de la India, usar sandalias, comer comida macrobiótica. Pero el hippismo en Estados Unidos era diferente de lo que estaba pasando en Francia con los estudiantes. Para empezar, en Nueva York nadie estudiaba, era la universidad de la vida, se volvía a vivir como si fuéramos los griegos clásicos. Se estaba creando toda una nueva sociedad. En ese marco, nos enteramos del Mayo Francés, que era otra forma más en la que los jóvenes estaban quebrando las estructuras convencionales, lo establecido. Pero lo de Francia era muy distinto: nunca hubo hippies en Francia. Mayo del 68 tenía que ver con la rebelión política. Para mí, mucho más importante fue la revolución hippie (...)
Cuando estaba en Nueva York, yo vivía en un departamento sola porque tenía una beca. Todos los días nos encontrábamos a dibujar en el Central Park, en el hueco de un gran árbol, leíamos poemas de William Blake, cantábamos, yo filmaba en súper 8, nos cambiábamos la ropa, todo era de todos, bailábamos danzas tribales. Vivíamos en un picnic constante. Había algunos infiltrados que eran líderes políticos, pero el arte no puede ser político. La plata se ganaba de noche, en las discotecas. Yo pintaba diapositivas a mano y las proyectábamos; era arte psicodélico. Los hippies queríamos un mundo ideal y mágico. Siempre habíamos pensado en eso de “La imaginación al poder”, que fue el lema del Mayo Francés, ¡pero sin poder! Esa era la diferencia con ellos: en el hippismo nadie quería ningún poder, estaba más allá de la política y más allá de todo. Era una revolución espiritual".

Marta Minujín sobre los cuarenta años del Mayo Francés (1968)

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